Aspectos críticos científico-tecnológicos
sobre los campos electromagnéticos (*)
"Congreso Internacional de Bioelectromagnetismo 1999:
Ciencia, Medicina y Progreso"
(Alcalá de Henares, 11/12 de noviembre de 1999)
Pedro COSTA MORATA
Ingeniero Técnico de Telecomunicación y Sociólogo
Gabinete de Medio Ambiente del colegio Oficial de Ingenieros Técnicos
de Telecomunicación
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Persistencia de la polémica sobre la interacción
campos electromagnéticos-salud humana
Excesos físico-matemáticos
Crisis de la idea de progreso
Apunte interdisciplinar
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Persistencia de la polémica sobre la interacción
campos electromagnéticos-salud humana
Tal y como era de esperar de una polémica a la que corresponden
coordenadas más sociales que físico-biológicas,
no se avanza gran cosa en conclusiones que hayan de ser ampliamente
aceptadas acerca de los posibles efectos nocivos de los campos
electromagnéticos (CEM) en los organismos vivos, y sobre
todo en la salud humana. Desde la parte, digamos, tranquilizadora
(empresas, administraciones, la gran mayoría de los representantes
de la ciencia oficial) se sigue repitiendo sin desmayo ni variación
que "no hay indicios suficientes" y que "no hay
evidencias" sobre esos efectos perjudiciales. Pero sobre
esos mismos efectos sigue alzándose la parte, digamos,
crítica, que quizás va escorándose cada vez
més hacia la vertiente de lo social, no sólamente
por su origen popular o sociopolítico (asociaciones de
vecinos, grupos ecologistas, incluso partidos políticos)
sino por la creciente dificultad de encontrar desde la ciencia
no oficial (reducidísima, casi inexistente) un tratamiento
global de este problema que resulte asumible por la fracción
dominante.
Efectivamente, puede no haber incicios, ni evidencias suficientes
de esos efectos perjudiciales, pero está claro que tampoco
los hay de lo contrario; sólo hay insuficiencias, sin garantías
de que sean indicadoras de una situación estable y consolidada
en lo físico-biológico. Quedaría por determinar
en quién recae la carga de la prueba, si -como se pide
desde el bando tranquilizador- sobre los críticos o - como
exigen éstos- sobre los que vienen desarrollando tecnologías
de gran amplitud e impacto sin garantías absolutas sobre
efectos secundarios o deletéreos. Barry Commoner, biólogo
y ecologista norteamericano, hacía observar en uno de sus
primeros trabajos (1963) la indiferencia de la ciencia moderna
sobre las consecuencias indeseables de su
propio desarrollo, y señalaba que "puesto que la revolución
científica generadora de la moderna tecnología tuvo
lugar en el campo físico, parece natural que la ciencia
moderna facilite mejores controles tecnológicos sobre la
materia inanimada que sobre los seres vivos" (1). Es a la
ciencia y la tecnología emergentes a las que corresponde,
desde luego, demostrar que sus efectos secundarios van a ser o
nulos o asumibles socialmente.
Pero esa indecisión de fondo acerca de la verdadera significación
para la salud de los CEM no deja de producir efectos en la normativa.
Por eso se establecen límites y niveles de referencia en
varias de las magnitudes que definen los CEM. Pesa en esta actitud,
evidentemente contradictoria con la
seguridad y cerrazón de la que hace alarde la parte tranquilizadora,
la duda científica de fondo y la responsabilidad política,
aspectos ambos que son el resultado de la experiencia habida en
otros episodios científico-técnico-sanitarios, sobre
los que el tiempo -a veces de forma brutal- ha acabado por despejar
las dudas, resistencias e indecisiones durante largo tiempo mantenidas.
En gran medida, este es el caso de las radiaciones ionizantes
procedentes de las explosiones nucleares, tan alegre e irresponsablemente
incontroladas durante años con el apoyo -o al menos el
silencio cómplice- de una parte esencial de la comunidad
científica.
En resumen, y celebrando que las cuestiones relativas a los CEM
hayan salido y salgan de los ambientes científico-tecnológicos
para instalarse en el corazón de la decisión político-social,
hay que aludir a lo que actualmente se llama "gestión
de riesgo" (avance sobre la realidad política y jurídica
de lo que es la "evaluación del riesgo"), que
se puede definir como "un proceso de decisión más
subjetivo que implica consideraciones políticas, sociales
económicas y de gestión necesarias para desarrollar,
analizar y comparar las opciones legislativas" (2). Esta
gestión se lleva a cabo, en definitiva, respondiendo simplemente
a las preguntas: ¿Cuánto riesgo hay?, ¿Qué
estamos dispuestos a aceptar? y ¿Qué deberíamos
hacer? Con lo que queda debidamente ubicado -en lo institucional
y lo global- el problema electromagnético.
Excesos físico-matemáticos
Así, si bien se asegura que no existe ninguna prueba de
que irradiaciones electromagnéticas con densidad de potencia
por encima de los 10 mW/cm2 produzcan en los humanos efectos nocivos,
todos los países y organismos se alejan considerablemente
de ese nivel, estableciendo normativamente, por lo general, entre
0'5 y 1 mW/cm2 el límite de irradiación; y esto
se hace así "para mayor seguridad"...
Dudas más profundas son las que se ciernen sobre las garantías
de los "modelos biofísicos" manejados en estas
tareas que, descartando la identificación de cualquier
mecanismo de interacción, pretenden fundamentar sobre ellos
mismos la conformidad social. Si en estos modelos se excluye la
posibilidad de que los CEM interfieran en proteínas, enzimas
o tejidos biológicos a la luz de la experiencia conocida,
se está contemplando la realidad de forma restrictiva
(3), generalmente con exceso de celo físico-matemático.
Las afirmaciones, por otra parte, de que "no se dispone de
evidencias epidemiológicas que avalen la relación
postulada entre la exposición a CEM y un incremento en
el riesgo de defectos en los procesos de reproducción y
desarrollo, o de
alteraciones mentales y del comportamiento"(4) restringen
claramente las lecciones de los estudios epidemiológicos
ya que "los resultados obtenidos no demuestran una relación
dosis-respuesta"(5), con lo que la capacidad de estos estudios
para arrojar luz definitiva en este asunto parece ir disminuyendo,
en lugar de crecer en fiabilidad.
Resultan evidentes los excesos de la física matemática
actual, incluso en los campos de los que parecería esperarse
de ella una explicación plausible ( si no definitiva) sobre
cuestiones esenciales que afectan al entendimiento básico
de nuestro universo (aunque no a los problemas ordinarios de nuestra
sociedad). La generalización del trabajo científico
mediante la elaboración de teorías casi totalmente
matemáticas no puede evitar que se lancen sobre esta metodología,
de forma cada vez más agria, acusaciones de irrealidad
y, en todo caso, de alejamiento de los intereses más generales.
Es irritante que se tenga que admitir -en un momento de nueva
exaltación de la llamada "conquista espacial"-
que no se conocen bien los mecanismos celulares y moleculares
implicados en la acción sobre los humanos de los CEM, y
por lo tanto se desconozcan casi todo sobre límites o umbrales
de exposición. En un mundo crecientemente elctromagnético,
que envuelve a seres eminentemente eléctricos como son
los humanos, se concede mucha más importancia a
conocer el espacio exterior, incluso el más lejano, que
el inmediato y acuciante mundo de la vida celular y su comportamiento
bajo influencias nuevas de índole tecnológica. Los
estudios epidemiológicos son, en este contexto, un recurso
-tanto si se acometen con ánimo defensivo como si se instrumentalizan
a modo de recusación- que muestra ya sus limitaciones en
cuanto a alcanzar un mejor conocimiento de mecanismos biofísicos
esenciales.
Frente a estos estudios epidemiológicos, a los que se sigue
dando tanta importancia por su aparente capacidad de establecer/descartar
mecanismos evidentes, se alza la no linealidad de la gran mayoría
de los fenómenos naturales, constituida en base científica
que cada vez perturba más el trabajo, en gran medida autocomplaciente,
de los científicos enmarañados en la transcripción
matemática de esos acontecimientos. La no linealidad como
realidad desconcertante -si bien muy frecuente- está presente
también en la biofísica de los campos electromagnéticos.
Así, no hay explicación aparente (ni función
matemática que la ilustre) de la relación sorprendente
entre el incremento de valor de las radiofrecuencias y la tasa
de absorción específica (TAE) resultante
en humanos, que tras un tramo de aumento casi lineal experimenta
un brusco descenso a partir de los 80/90 Mhz para estabilizarse
entre los 500/1.000 Mhz, volviendo a remontarse lentamente sobre
los 50.000 Mhz (6).
Este ejemplo sirve para destacar la especificidad de los organismos
vivos en su comportamiento ante -o bajo- agentes que muestran
una acción claramente lineal; la respuesta, el impacto
real puede no seguir la misma función. De ahí el
extremado cuidado de que hay que hacer gala cuando se intenta
trasladar teorías matemáticas de uso más
o menos habitual e incluso convincente en el mundo de los fenómenos
físicos al de los seres vivos: la capacidad vaticinadora
de estas teorías, o de los modelos matemáticos aplicados,
se reduce notablemente. Y es que, como advierte Ernst Mayr, "cada
organismo es único y cambia además de un momento
a otro" (7).
Cuando se establece en el umbral de la ionización -esos
12, 4 eV correspondientes a radiaciones con longitudes de onda
del orden de cientos de angströms y frecuencias de miles
de terahercios -la radicalidad del si/no para los efectos mutagénicos
se está descartando, al menos, que las sinergias entre
lo electromagnético y lo tóxico, por ejemplo, pueden
neutralizar la virtualidad física de ese nivel energético-matemático.
Y en consecuencia, se sobrevalora un determinante físico
escueto al desconocerse la realidad global natural, que actúa
como algo distinto a la suma de realidades parciales.
Las teorías del caos vienen en nuestra ayuda y nos fortalecen
en el escepticismo antimatematicista, tan necesario en momentos
en que la confusión y hasta la charlatanería orlan
el trabajo científico. Efectivamente, el caos es una característica
de muchos sistemas no lineales, es dedir, que presentan soluciones
distintas según varíen las condiciones iniciales.
Y es evidente que "si existe un sistema no lineal, este es
el que forma el conjunto de la naturaleza" (8).
El exceso matematicista de la física actual es evidente.
Porque si bien los modelos numéricos funcionan particularmente
bien en astronomía y en física de partículas,
por ejemplo, contribuyendo a que los físicos puedan definir
lo que de otra foma sería indefinible, no son en absoluto
seguros cuando se aplican a entidades o fenómenos tan complejos
como los de la Biología. "Un quark -dice Horgan- es
un constructo totalmente matemático y sus propiedades,
como el encanto, el color, la extrañeza, son propiedades
matemáticas que no tienen analogía con el mundo
macroscópico en que vivimos" (9).
Ese matematicismo, o fisicismo matematicista tiene su referencia,
en gran medida, en el célebre enunciado de Galileo (1564-1642)
de que "la naturaleza está escrita en lenguaje matemático"
(10), así como en el racionalismo del siglo XVII, que el
tiempo ha demostrado que reduce y coacta la extensa realidad natural,
y muy especialmente la de los fenómenos no lineales, que
son quizás la mayoría y desde luego los más
importantes. Paul Dirac (1902-84), en nuestros días, ha
retomado la misma idea pero corrigiéndola con humildad
y tomando buena nota de los excesos de la física matematicista;
porque no todas las soluciones de las ecuaciones/leyes matemáticas
han de tener significado físico. Dirac aclaró que
en su opinión la física era matemática, aunque
no cualquier tipo de matemática, y puesto que postulaba
que "las leyes físicas deben tener belleza matemática",
las expresiones matemáticas bellas eran, para él,
las razonable e intrínsicamente efectivas en las ciencias
naturales. Otra observación de aplicación en nuestra
reflexión es que si bien las estructuras matemáticas
son infinitas no sucede lo mismo con las leyes que describen la
naturaleza: es decir, que lo que es matemáticamente posible
no tiene por qué serlo físicamente (11). Cabría
añadir, a esa "revisión galileana", que
no puede asegurarse que todos los fenómenos y leyes físicas
hayan de tener expresión matemática exacta, o al
menos, que se haya de encontrar un día su representacion
matemática correcta...
Entre las consecuencias no menos importantes de estos excesos
matemáticos en la física contemporánea ha
de anotarse el alejamiento y la desconfianza que el ciudadano,
incluso el bien informado, opone a este trabajo tan críptico
como elitista. No ha de extrañar, entonces, cierta alarma
del ciudadano que ha de escuchar, o leer, a sesudos científicos
concentrados en su mundo de constructos físico-matemáticos
con observaciones a medio camino entre el dramatismo científico
y la perplejidad ordinaria; como ésta: "Podría
confirmarse que la realidad procede de los retorcimientos de bucles
de energía en un hiperespacio de diez dimensiones..."(12).
Crisis de la idea de progreso
En buena medida, es la venalidad de gran parte del trabajo científico-tecnológico
lo que ha hecho que, por primera vez en los doscientos años
de vigencia casi indiscutida, se halle seriamente cuestionada
la idea de progreso como proceso lineal y necesario. Es positivo,
desde luego, que este paradigma haya entrado en crisis tras la
larga etapa de aceptación y auge casi universales, desde
que lo acuñara Condorcet (1793) en sus dimensiones verdaderamente
modernas (13). La discusión sobre esta idea, a la luz de
la evolución de cuanto se considera progreso social, y
sobre todo a lo largo del siglo XX, deja muy amplio margen para
el escepticismo frente a la ciencia y la tecnología.
Sobre todo, este binomio ciencia-tecnología (entre cuyos
componentes ya no es posible establecer relaciones de sumisión
o de antelación) ha de enfrentarse a las acusaciones que
le niegan el ser capaz de resolver los problemas sociales más
acuciantes y básicos: pobreza, enfermedades, guerras. Sino
que, por el contrario, parece instalarse, más bien, en
una plataforma fatal de generación de nuevos problemas
y de agravamiento de los ordinarios. En su intento de desentrañar
cada vez fenómenos más complejos "la ciencia
está dejando atrás nuestros axiomas innatos"
(14).
Tampoco la ciencia viene distinguiéndose, en los años
de mayor arrogancia y pretensión, por contestar a nuestras
preguntas fundamentales, como las que tienen relación con
el sentido de la vida y la presencia del hombre en el mundo. Precisamente,
parece que el mayor embate actual que va a sufrir la idea de progreso
procederá de la discusión que biólogos y
paleontólogos vienen animando sobre la evolución
de la vida con un cariz cada vez más escéptico,
incluso "destructivo". Así, se recusa actualmente
la idea de evolución progresiva de la vida como producto
ideológico de la Inglaterra victoriana (darwinista, liberal-imperialista)
y resultado de la selección que imponen los más
fuertes para ser sustituida por "un proceso donde el éxito
evolutivo se basa fundamentalmente en la suerte" (15) (es
decir, en el caos).
La crítica desde la biología reforzará los
planteamientos más inconformistas desde lo social, que
si bien parecen arrancar del 68 francés tienen mucho más
que ver con la crítica ecologista del último tercio
de siglo. No es posible aceptar que el medio ambiente en general
discurra por canales de progreso sensible, sino todo lo contrario;
tampoco es evidente que hechos tan elementales como la alimentación
-a escala local, nacional o planetaria- evolucione favorablemente,
resultando espectaculares tanto los puntuales escándalos
que salpican el mundo entero como el progresivo deslizamiento
desde tradiciones saludables hacia pautas culinarias y gastronómicas
aberrantes.
Son muchos los que sostienen que cada vez es más sensible
el regreso general en salud personal y pública, tanto la
física como la mental. La medicina química y tecnológica
encuentra cada vez más dificultades para demostrar que
evoluciona en una trayectoria adecuada y para garantizar que no
genera más perjuicio que beneficio. Aunque esta apreciación,
bastante extendida, necesita desde luego de matización
y equilibrio, no puede separarse de hechos igualmente preocupantes,
como sucede con el retorno de enfermedades "erradicadas"
y la aparición de otras consideradas "nuevas".
La verdad es que adquiere forma por momentos un estado patológico
general muy en conexión con el desarrollo económico
( e incluso, se diría, con la calidad de vida tal y como
sigue siendo considerada) y caracterizado por el stress y la velocidad,
el desasosiego y la competitividad, el aislamiento y la insolidaridad,etc.
El ritmo económico, y la casi absoluta instrumentalización
de la ciencia y la tecnología por las exigencias productivas
y crematísticas nos recuerdan que ciencia y tecnología
son un producto social y que en consecuencia responde a las fuerzas
y resortes dominantes de cada momento en esa sociedad. Y está
claro que cada vez menos ese impulso social procede de objetivos
y anhelos colectivos, amplios, verdaderamente sociales, sino más
bien de grupos o instituciones parciales pero privilegiadas, como
el empresariado, la competencia internacional, la comunidad científica
o incluso la clase política.
Malos tiempos, pues, para creer en el progreso según el
optimismo y la reflexión de nuestros ancestros ilustrados
y desarrollistas, para los que esa idea actuó como motor
o meta. Hoy esa meta resulta o desconocida o indeseable, y obliga
a someter a revisión profunda -radical- todos los componentes
de la llamada "civilización moderna". Pero hay
que reconocer que no podía ser de otra forma: el progreso
se ha ido identificando más y más con índices
y criterios económicos y hasta economicistas, y ha llegado
a hacernos olvidar que era de progreso social de lo que se trataba,
y que ese progreso social, que es el verdadero, consiste en algo
muy distinto a la sucesión de cifras económicas
en progresión.
Recordemos, finalmente, que las raíces del escepticismo
frente a la idea de progreso han tenido siempre un fundamento,
digamos, metafísico. Ya en 1920, John Bury advertía
en un clásico trabajo que la creencia en el progreso pertenece
a ese tipo de ideas que no dependen de la voluntad humana, sino
de la aceptación o no de su propia realidad o falsedad.
La idea de progreso -como la inmortalidad personal, el Destino
o la Providencia- atañe a los misterios de la vida y por
eso se puede creer o no en ella, porque puede ser verdadera o
falsa (16).
Apunte interdisciplinar
No creo que sea cuestión, llegados a este punto, de esperar
que la ciencia como producto e institución sociales reconduzca
sus esfuerzos con otros criterios
y prioridades. La feroz competencia entre Estados, empresas e
individuos no augura ninguna reorientación positiva de
sus pretensiones y objetivos, sino, por el contrario, una agudización
de sus aspectos rentabilistas y economicistas, lo que afectará
a su alta especialización y a la dedicación abrumadora
hacia unos aspectos frente a la marginación de otros. Se
agravará, pués, su alejamiento de las necesidades
verdaderamente sociales, como viene siendo palpable desde mediados
de este siglo.
Pero esto no debe hacernos olvidar que la ciencia -la verdadera
ciencia, es decir, la que tiene siempre finalidad social- es sólo
una, y no es acertado el asumir su complejidad aparente como razón
indiscutible para seguir atomizándola ad infinitum. Porque
esto no sólamente crea desazón y frustración
personales tanto en las etapas de formación como, sobre
todo, en la de ejercicio profesional, sino que configura un lamentable
panorama en el que proliferan más y más los científicos
que son -y así se muestran, muchas veces con orgullo- verdaderos
analfabetos en casi todas las parcelas del saber menos en la que
cultivan ordinaria y - casi siempre- apasionadamente.
La polémica electromagnética refleja suficientemente
la posición científica parcial de cada protagonista
(sea individual o colectivo): cada exponente parte de un enfoque,
o punto de vista, generalmente separado o aislado de numerosos
otros posibles. Esto sucede sobre todo entre profesionales o especilistas
de las diversas ciencias naturales, como físicos y biólogos.
En la actitud del especialista suele estar presente el desprecio
hacia toda definición generalista del saber, y esta es
una actitud con connotaciones político-sociales. Barry
Barnes, que cree que la actividad científica en cuanto
tal es una actividad colectiva y organizada que se haya inserta
en la división social del trabajo, señala que "la
especialización estaría en el origen del formidable
poder de los científicos considerados como grupo social"(17).
Pero esa especialización del saber lleva a niveles de exageración
que rozan lo ridículo, porque no pocas veces un especialista
en determinada rama de la Matemática, por ejemplo, ha perdido
la visión general sobre la Matemática como ciencia...
Robert Oppenheimer hacía observar (1965) que "se han
desarrollado las disciplinas especializadas como los dedos de
la mano, unidos en su origen pero que ya no están en contacto
unos conotros", y sentenciaba, presa de una indisimulable
desolación personal: "En la actualidad el conocimiento
científico no constituye un enriquecimiento de la cultura
general" (18).
De ahí que sea precisamente la formación amplia,
la ambición científica universalista la recomendación
que haya de hacerse siempre que posiciones pretendidamente científicas
se enfrenten sin diálogo, atrincheradas en sus respectivos
postulados o paradigmas tradicionales y específicos. Esa
lamentable separación -radical, vital, nada trivial- entre
"ciencias y letras" tanto en los planes de estudio como
entre científicos, intelectuales y profesionales del momento
ilustra el punto necio y disparatado al que han llegado la institución
de la enseñanza y en consecuencia la comunidad científica
y tecnológica. El vulnerar este determinante, este corsé
y esta perspectiva chata del mundo y el conocimiento que sobre
él hemos de pretender puede salvarnos de las dedicaciones
obsesivas y de la sobrevaloración de la propia actividad,
que configuran una actitud siempre indeseable.
La crítica científico-tecnológica sólo
es posible con un amplio bagaje científico y con un mínimo
de experiencia tecnológica pero, sobre todo, exige una
sólida vocación por lo social, lo que -a despecho
de muchísimos científicos naturales- también
constituye un empeño científico y genera una parcela
del saber con pretensiones bien fundadas, de tanta o mayor universalidad
como pueda arrogarse la física teórica. (No está
de más recordar que una de las causas que originaron la
sociología como ciencia moderna fue la "reacción"
ante las consecuencias nocivas que la Revolución Industrial
mostraba ya en la transición de los siglos XVIII a XIX;
y de ahí que siempre se preocupara de la reorientación
de la ciencia, dando prioridad a sus aspectos y determinantes
sociales, con afán declarado de unificación).
Además, desde el famoso trabajo de Thomas S. Kuhn (19)
(1962) pocos siguen discutiendo que la ciencia no sea otra cosa
que "una empresa colectiva de solución de enigmas".
Y ya no se pueden ignorar ni su dimensión social ni su
enraizamiento histórico (20).
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Notas
(1) Commoner, Barry: Ciencia y supervivencia. Plaza & Janés,
Barcelona, 1970.
(2) Del artículo de Francisco Vergara, "Riesgos para
la salud humana de las exposiciones ambientales a campos eléctricos
y magnéticos" en Física y
sociedad, Revista del Colegio Oficial de Físicos, n14 10
(primavera de 1999).
(3) Siguiendo a Alejandro Úbeda, biólogo, en "Campos
magnéticos ambientales y cáncer", El País,
1-6-1994, en respuesta al artículo "¿Afectan
los campos
eléctricos y magnéticos al hombre?", del físico
Miguel Aguilar, publicado en El País, 11-5-1994.
(4) Según S. Castaño, A Real y J.M.Gómez,
del CIEMAT, en "Campos electromagnéticos generados
por las líneas de alta tensión. Posibles efectos
sobre la
salud y el medio ambiente", en Física y Sociedad,
op. cit.
(5) Según Francisco Vergara, op. cit.
(6)Véase el artículo de Robert Cleveland, "Radiofrequency
radiation in the environment: sources, exposure standards and
related issues", en Ayrepetyan, S.
y Carpenter, D.: Biological Effects of Electric and Magnetic Fields.
Academic Press, San Diego (Cal.), 1994.
(7) Mayr, Ernst: Towards a New Philosophy of Biology, citado en
John Horgan: El fin de la ciencia. Los límites del conocimiento
en el declive de la era
dientífica. Paidós, Barcelona, 1998.
(8) Sánchez Ron, J.M.: Diccionario de la Ciencia. Planeta,
Barcelona, 1996.
(9) Horgan, John:op. cit.
(10) Aunque la redacción y su contexto es ligeramente distinto,
tal y como aparece en Il Saggiatore, 1623, VI, 232.
(11) Citado en Sánchez Ron, J.M.: op.cit.
(12) Horgan, John: op.cit.
(13) Marqués de Condorcet: Esbozo de una imagen histórica
del progreso del espíritu humano. Publicado en 1795, un
año después de su muerte.
(14) Citado en John Horgan, op. cit. aludiendo al pensamiento
de Gunther Stent y Gregory Chaitin.
(15) Del artículo de Pere Alberch, "El concepto de
progreso y la búsqueda de teorías generales en la
evolución", en El progreso.¿Un concepto acabado
o
emergente?, editado por Jorge Wagensberg y Jordi Agustí.
Tusquets Editores/Fundació "la Caixa", Barcelona,
1998.
(16) Bury,John: La idea del progreso. Alianza, Madrid, 1972.
(17) Barnes, Barry: Sobre ciencia. RBA Editores, Barcelona, 1995.
(18) Robert Oppenheimer, citado en W.O.Hagstrom: The Scientific
Community. Basic Books, Nueva York, 1965.
(19) Kuhn, T.S.: La estructura de las revoluciones científicas.
FCE, Madrid, 1990.
(20) Citado en M.González, José A. López
y José L. Luján: Ciencia, tecnología y sociedad.
Una introducción al estudio social de la ciencia y la tecnología.
Tecnos, Madrid, 1996