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Riesgos y precauciones.

CONTAMINACIÓN ELECTROMAGNÉTICA Y SALUD.

Los campos eléctricos y magnéticos han estado siempre presentes en nuestro entorno de forma natural, incluso mucho antes de que existiese el ser humano. La vida evolucionó gracias a la presencia de dichos campos naturales. Sin embargo, el auge y desarrollo tecnológico de las últimas décadas ha modificado este medioambiente electromagnético natural.

La implantación de nuevas tecnologías emisoras de campos electromagnéticos artificiales sin haber previsto sus repercusiones sobre la salud y los ecosistemas, y sin tener en cuenta los estudios y evidencias existentes, hace que continuamente surjan nuevos y mayores riesgos para la población y la naturaleza.

Toda emisión artificial de radiación electromagnética debe entenderse como contaminación pues en mayor o menor medida interfiere y altera las condiciones de equilibrio de un medio natural.

Un medio ambiente limpio es esencial para la salud humana y el bienestar. Sin embargo, las interacciones entre el medio ambiente y la salud humana son muy complejas y difíciles de evaluar. Los impactos sobre la salud más conocidos están relacionados con la contaminación del aire, la mala calidad del agua y el saneamiento insuficiente. Se sabe mucho menos acerca de los efectos en la salud de los productos químicos peligrosos. El ruido ambiental es un problema emergente para la salud. El cambio climático, el agotamiento del ozono estratosférico, la pérdida de la biodiversidad y la degradación del suelo también pueden afectar a la salud humana.

Sin embargo, hay cuestiones emergentes para los que las vías y los efectos en la salud del medio ambiente son aún poco conocidos. Ejemplos de ello son los campos electromagnéticos (CEM), los productos farmacéuticos en el medio ambiente y algunas enfermedades infecciosas.

La contaminación electromagnética se considera un agente físico (término utilizado para abarcar campos acústicos -ruido y vibraciones-) y las radiaciones y campos electromagnéticos (ionizantes y no ionizantes).

Por tanto, si consideramos el ruido presente en un espacio como una fuente de contaminación, la presencia de campos electromagnéticos (ionizantes y no ionizantes) debería entenderse como otra forma de contaminación.

Los campos electromagnéticos (CEM) de todas las frecuencias constituyen una de las influencias del entorno más comunes y de crecimiento más rápido sobre las que existe una creciente preocupación. Hoy en día, todas las poblaciones del mundo están expuestas a CEM en mayor o menor grado, y conforme avance la tecnología el grado de exposición continuará creciendo.

Como ejemplo, según la OMS “actualmente los teléfonos móviles, o celulares, son parte integrante del moderno sistema de telecomunicaciones. En muchos países los utiliza más del 50% de la población, y el mercado está creciendo rápidamente. A finales de 2009 había en todo el mundo unos 6900 millones de contratos de telefonía móvil. En algunos lugares, esos aparatos son los más fiables o los únicos disponibles. Dado el gran número de usuarios de teléfonos móviles, es importante investigar, comprender y seguir de cerca las repercusiones que podrían tener en la salud pública”[1].

Actualmente el número de teléfonos móviles ha aumentado drásticamente, así como las investigaciones que han permitido comprender y seguir la progresiva elevación del riesgo para los usuarios. La contaminación electromagnética puede ser causante de problemas de salud que actualmente no tienen explicación para las estadísticas oficiales, pero sí para la medicina ambiental y la investigación científica. La mayor parte de ellos remiten y desaparecen al poco de dejar de estar expuestos a esta radiación, lo cual indica la relación causa-efecto.

La mayoría de la población desarrolla su actividad diaria recibiendo constantemente radiaciones electromagnéticas y cuando llega a casa la invasión radioeléctrica no cesa.

El estrés electromagnético afecta al sistema inmune, al crecimiento celular, a la formación de tumores, al desarrollo fetal, al sistema nervioso central y al cerebro. A menudo nos llegan noticias sobre los peligros de la salud de quienes viven en la proximidad de líneas de alta tensión, transformadores o antenas de telecomunicaciones, especialmente de antenas de telefonía móvil, pero son pocos los datos referentes a la contaminación electromagnética producida dentro de nuestra vivienda por los teléfonos inalámbricos DECT y las redes WiFi, tanto si son los nuestros como los de nuestros vecinos, o la contaminación eléctrica y magnética del propio cableado y los electrodomésticos o transformadores.

Cabe señalar que cada persona posee un particular grado de sensibilidad a la contaminación electromagnética, lo que explica que algunas personas sufran los trastornos descritos, mientras que otras no acusan molestia alguna.

Los problemas que afectan al medio ambiente, y singularmente los que relacionan el ambiente con la salud humana, constituyen uno de los más serios retos que en estos momentos se afrontan en el mundo. Para minimizar las consecuencias que están produciéndose, es esencial que los gobiernos asuman un papel proactivo para garantizar un desarrollo sostenible y un entorno saludable. En ese papel proactivo que se requiere a los gobiernos, uno de los ejes centrales ha de ser necesariamente la aplicación del principio de precaución, establecido en la Conferencia de Medio Ambiente y Desarrollo que se celebró en Río de Janeiro en 1992.

Desde entonces, numerosos países lo han integrado a diferentes niveles en su legislación como elemento político y jurídico, entre ellos los de la Unión Europea. Dicho principio establece que, en caso de amenaza para el medio ambiente o la salud, no es preciso esperar a que exista una certeza científica total sobre el problema, sino que deben tomarse de inmediato las medidas apropiadas para prevenir el daño si los males a evitar son graves.

El problema es que, muy frecuentemente, este principio no se está aplicando en asuntos que son de gran trascendencia como es el caso de la contaminación electromagnética. Y para que se aplique no basta simplemente un compromiso formal, teórico, que de hecho ya existe y es recogido por la legislación a diferentes niveles. Lo que verdaderamente hace falta es una voluntad política firme de aplicarlo en el día a día por parte de los gobiernos y administraciones.

El saldo es negativo para las naciones no solo en términos estrictos de defensa de la salud y del medio ambiente, sino también en términos económicos debido a los costes sanitarios, de pérdida de servicios básicos de los ecosistemas, etc.

Como ya ha pasado en otras ocasiones, anticiparnos aplicando el principio de precaución hará que la balanza se incline del lado de la salud y la protección porque si pasó en el caso del amianto, ¿quién cargará con la culpa por todo ese sufrimiento?

Las inquietudes ciudadanas tienen respuesta gracias a las investigaciones científicas que se vienen realizando en las últimas décadas y que están dando lugar a resoluciones y llamamientos de organizaciones de reconocido prestigio internacional, desde la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa hasta la Organización Mundial de la Salud, que a través de la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer (IARC), clasificó los campos electromagnéticos generados por líneas eléctricas, transformadores, móviles y wifis en la categoría «2B»; es decir, posibles cancerígenos[2], lista en la que se incluyen otros agentes tóxicos claramente nocivos como el humo de los automóviles, el cloroformo, el humo de motores o cierto tipo de herbicidas y un largo etcétera hasta un total de 289 agentes hasta la fecha.

Todos estos estudios, investigaciones, recomendaciones y llamamientos urgen a los gobiernos y a las diferentes administraciones a que se adopten medidas legislativas que garanticen la protección a los ciudadanos, acordes con la gravedad de la problemática, ya que se considera que no protegen suficientemente a la población de una exposición electromagnética que puede resultar un grave riesgo sanitario[3].

Por nuestra parte, lo que pedimos es que se cumpla la Resolución 1815, en la que la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa dicta, entre otras, las siguientes recomendaciones que justifican nuestras demandas:

  • Con respecto a las normas o los umbrales para las emisiones de campos electromagnéticos de todo tipo y frecuencias, la Asamblea recomienda que se aplique el principio ALARA o “tan bajo como sea razonablemente posible”, en relación tanto con los efectos térmicos como con los efectos atérmicos o biológicos de las emisiones o radiación electromagnética. Además, el Principio de Precaución se debe aplicar cuando la evaluación científica no permite determinar el riesgo con suficiente certeza, especialmente en el contexto de una creciente exposición de la población, incluidos en especial grupos vulnerables como la juventud y los niños/as, aspecto que podría generar costes humanos y económicos extremadamente elevados por no actuar si se hace caso omiso de las alertas tempranas.
  • La Asamblea señala que el problema de los campos u ondas electromagnéticas y sus posibles consecuencias para el medio ambiente y la salud guarda un evidente paralelismo con otras cuestiones actuales como la autorización de la comercialización de medicamentos, productos químicos, pesticidas, metales pesados u organismos genéticamente modificados. Insiste, pues, en la importancia crucial de la independencia y de la credibilidad de los peritajes científicos para obtener una evaluación transparente y objetiva de los potenciales efectos nocivos sobre el medio ambiente y la salud humana.
  • Reconsiderar la base científica de las normas actuales de exposición a los CEM fijadas por la Comisión Internacional para la Protección contra la Radiación No Ionizante (International Commission on Non-Ionising Radiation Protection), que presenta graves deficiencias, y aplicar el principio ALARA; es decir, el nivel más bajo razonablemente posible, tanto a los efectos térmicos como a los efectos atérmicos o biológicos de las emisiones o radiaciones electromagnéticas.
  • Adoptar todas las medidas razonables para reducir la exposición a los campos electromagnéticos, especialmente a las radiofrecuencias emitidas por los teléfonos móviles, y en especial la exposición de los/as niño/as y jóvenes que al parecer corren el mayor riesgo de tumores de la cabeza.
  • Desarrollar, en los distintos ministerios (educación, medio ambiente y sanidad), campañas de información específicas dirigidas al profesorado, las madres y padres y los/as niños/as para advertirles de los riesgos específicos del uso precoz, indiscriminado y prolongado de los teléfonos móviles y de otros dispositivos que emiten microondas.
  • Dar preferencia para los/as niños/as en general, y en especial en los centros de enseñanza y en las aulas, a las conexiones a Internet por cable, y regular estrictamente el uso de teléfonos móviles por parte de los/as niños/as en el recinto escolar.
  • Poner en práctica campañas de información y sensibilización sobre los riesgos de los efectos biológicos potencialmente nocivos a largo plazo para el medio ambiente y para la salud humana, especialmente dirigidas a los/as niños/as, adolescentes y jóvenes en edad reproductiva.
  • Prestar especial atención a las personas “electrosensibles” afectadas de un síndrome de intolerancia a los campos electromagnéticos y la adopción de medidas especiales para protegerlos, incluida la creación de “zonas blancas” no cubiertas por redes inalámbricas.
  • Establecer umbrales de prevención para los niveles de exposición a largo plazo a las microondas en interiores, de conformidad con el Principio de Precaución, que no superen 0,6 voltios por metro, y a medio plazo reducirlo a 0,2 voltios por metro.
  • Establecer normas urbanísticas que requieran una distancia de seguridad entre las líneas de alta tensión y demás instalaciones eléctricas y las viviendas.
  • Determinar la ubicación de cualquier nueva antena GSM, UMTS, wifi o wimax no basándose únicamente en los intereses de las operadoras, sino en consulta con las autoridades locales y regionales, los residentes locales y las asociaciones de ciudadanos afectados.

[1] http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs193/es/

[2] http://monographs.iarc.fr/ENG/Classification/latest_classif.php

[3] http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs193/es/

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